miércoles, 22 de enero de 2014

Nos hemos separado, ¿cómo tratamos a nuestros hijos?

“Ha llegado el momento, hemos tomado la decisión, ¿por dónde empezamos?”  

Así es como algunas parejas llegan a la ruptura final de su relación.  Pero mi objetivo de esta entrada en el Blog es insistir en la importancia de, entre otros temas, tener presente a los hijos desde el principio de un divorcio o separación.

Como ya sabemos, es un situación muy traumática que afecta a toda la familia.  Los padres tienen que superar la ruptura, volver a organizar su vida, economía, trabajo, etc., pero además deben superar el miedo de cómo todo el proceso va a afectar al desarrollo de sus hijos.

Pero hemos de superar algunos mitos: en realidad las consecuencias que pueda sufrir el niño o la niña se deben más a las discusiones y desacuerdos de los padres que se dan antes y durante la separación, y con el papel que los progenitores hacen jugar al niño más que con la propia separación.

Por ello es vital que los padres actúen de forma madura y llevar la situación de la forma más sana posible, para que no conlleve una influencia negativa en el desarrollo psicológico y social de los niños a largo plazo. No es una tarea sencilla, por eso, muchas parejas o padres de forma individual optan por recurrir a la ayuda de un profesional que les oriente sobre los pasos más adecuados, la forma en que tienen que relacionarse en adelante con su ex-pareja y les enseñe a manejar sus emociones de forma sana y controlada.

Reacciones en los niños tras la separación o divorcio


La realidad es que, se haga de una forma u otra, siempre hay consecuencias ya sea en el presente o en el futuro.  Como siempre, cada situación y niño es diferente, pero podemos mencionar las reacciones más habituales:
  • Los niños pueden manifestar reacciones de ansiedad, e incluso miedo ante el gran cambio que se sucede, durante el conflicto y tras la separación de los padres.
  • Lloran a menudo.
  • Pueden aparecer trastornos en el sueño y en la alimentación.
  • Insisten una y otra vez en el deseo de que los padres vuelvan a estar juntos y se muestran muy tristes. Con el tiempo, si los padres transmiten con claridad tanto con sus palabras como con sus actos que la vuelta a la relación no es posible, acabarán aceptando que esto no es más que una fantasía.
  • Algunos niños se acuerdan del otro progenitor cuando el que está con ellos les regaña; y desean tanto estar con el otro, que incluso pueden llegar a idealizar al progenitor ausente, pues sólo recuerda los buenos ratos pasados con éste. Pueden decir cosas hirientes al progenitor que les ha regañado, que no tienen por qué tener relación con lo que el otro progenitor haya dicho o hecho. 

En una siguiente entrada del blog hablaremos de las diferentes reacciones según las edades de los niños.

Recomendaciones generales para los padres y familia

Hay tantas maneras de separarse como familias., pero se pueden realizar algunas recomendaciones generales.

¿Cómo decírselo?

Preparar al niño unos días antes de anunciar su separación.  Debemos dar explicaciones breves y generales.
- Recordar constantemente al niño que le queremos.  Sus padres continúan amándole y ocupándose de él.
- Escuchar al niño.  Debemos estar atentos a los mensajes, cambio de actitudes, silencios, retraimientos o comportamientos regresivos.

¿Cómo actuar?
Evitar en lo posible cambio de casa, escuela y amigos. Establecer una rutina, con normas claras y coherentes.  El niño se siente seguro así.
- Mantener lazos con abuelos, familia  cercana, sobretodo si eran importantes.
- Animar al niño que visite la casa del otro progenitor.  Ajustar las visitas y contactos entre padres.
- Conservar los momentos para estar solo con el niño.
- Dejar vivir al niño su vida, no se le deben de dar demasiadas responsabilidades y evitar hacerle su confidente.
- Evitar hablar al niño de los conflictos de los adultos, de los rencores e insatisfacciones de los padres.
- No utilizar al niño como mensajero.


La ruptura es un momento duro y crítico en la vida de la persona, donde somos capaces de llegar a unos límites que no habríamos pensado.  Debemos ser responsables y conseguir que esto afecte lo menos posible a la vida del niño, no olvidándonos que una “buena” separación es incluso beneficiosa a medio-largo plazo para el desarrollo de los hijos.

domingo, 19 de enero de 2014

¿Cómo entienden los niños la muerte?

El concepto de muerte en el niño


El concepto de muerte en la infancia es un término abstracto y complejo, que depende de aspectos muy diversos como la edad, la cultura, la educación, la sociedad, la religión, y por supuesto, de las características emocionales de cada niño.

El desarrollo del concepto de muerte es un proceso natural influido por muchos factores del entorno familiar y cultural del niño, tanto como sus propias pautas cognitivas y psicológicas.  Cada niño, a cualquier edad, tiene su propia idea de muerte.    Los niños sanos que no tienen experiencias previas suelen relacionar los hospitales y las operaciones quirúrgicas con la muerte.  El miedo a la muerte es muy común en la población infantil a partir de los 9 años.

Los cuatro componentes de la comprensión de la muerte son:
  1. Irreversibilidad o imposibilidad de volver al estado anterior de la vida.
  2. Finalidad o cese de toda función vital, asociada a inmovilidad, insensibilidad y fin de las funciones vitales.
  3. Universalidad o comprensión de que todos los seres vivos, incluido uno mismo, mueren.
  4. Inevitabilidad de la muerte, un aspecto que puede establecerse en general, asociada a la muerte biológica a edad avanzada, y respecto a la muerte de uno mismo.

Evolución del concepto de Muerte


  • Hasta los 2 años: existe una total incomprensión e indiferencia por el tema.
  • De los 2 a los 5 años: la muerte adopta un significado de interrupción y desaparición, pero como algo provisional, transitorio y reversible.  No se logra comprender sus mecanismos causales.  Para evitar un trastorno del sueño se ha de evitar el concepto de “dormir” en la explicación sobre la muerte. El niño en edad preescolar puede sentir que sus pensamientos o acciones han provocado la muerte o la tristeza de quienes lo rodean y puede experimentar sentimientos de culpa o vergüenza.  Debido al pensamiento mágico que caracteriza este periodo, el niño puede relacionar la muerte con un castigo por algo que pensó o hizo.
  • De los 6 a los 9 años: progresivamente se entiende la muerte como un suceso natural, definitivo e irreversible al que se asocian símbolos asociados con ella: cementerio, cadáver, tumba, esqueleto, etc.  Se pierde la carga moral de la muerte como castigo.  Pueden identificar causas específicas, como cuchillos, venenos, pistolas, etc.) más que procesos generales.  En general, se asocia a acontecimientos agresivos y acciones hostiles de otras personas. Pueden manifestar mucha curiosidad sobre el proceso de muerte y qué ocurre después de que la persona muere.  El miedo a lo desconocido, la pérdida de control y la separación de su familia y amigos pueden ser las principales fuentes de ansiedad y miedo relacionadas con la muerte en un niño de edad escolar.
  • De los 9 a los 11 años: el concepto se aproxima paulatinamente al del adulto.  Se accede a una simbolización de la muerte, al proceso biológico que supone y al temor a que suceda.  Se dan cuenta que ellos también morirán, que la muerte no es un castigo, sino un hecho universal que forma parte del ciclo normal de la vida.


¿Cómo hablar de la muerte con los niños? Recomendaciones

  • Dile la verdad al niño, sé simple y directo. Dar respuestas en un lenguaje sencillo y adecuado para la edad del niño, dando explicaciones sinceras, con sentimientos, breves y fáciles de entender.
  • Escuchar, comprender y respetar los sentimientos de los niños. Tranquilízale si sugiere de alguna manera que tiene la culpa de la muerte . Consuélale siempre que manifieste alguna emoción fuerte. Observar si el niño entendió la explicación y no dejarlo con dudas.
  • No ocultes tus emociones y explícale qué sientes tú. Esto le ayudará a comprenderse a sí mismo. Habla y busca el apoyo de otros adultos (profesores, entrenadores, monitores…) que estén en contacto con el niño.
  • Ofrécele apoyo extra en sus tareas escolares y sus obligaciones sociales durante el periodo de duelo.
  • Controla la respuesta del niño en el tiempo . Tras el primer año después de la pérdida, un 10% o un 15% de los niños puede sufrir problemas, principalmente en forma de depresión. En caso de necesidad, hay que consultar a un especialista en salud mental.
  • Explícale que conservar los buenos recuerdos que ha vivido con su ser querido, y mantenerlos, le ayudará en el futuro.


 Bibliografía


  • Goodman, R.F. Los niños y el dolor: lo que saben, cómo se sienten, cómo ayudarlos. NYU Child Study Center [acceso: 19 de enero de 2014].   http://www.aboutourkids.org/articles/los_ninos_y_el_dolor_lo_que_saben_como_se_sienten_como_ayudarlos
  • Ortigosa, J.M.; Quiles, M.J.; Méndez, J.X. (coords.). Manual de Psicología d ela salud con niños, adolescentes y familia. (2003). Madrid. Pirámide.



miércoles, 15 de enero de 2014

Niños con hermanos con cáncer: película: "La decisión de Anne"

Al igual que mi compañera la Dra. Virginia Ruiz en sus entradas sobre “Cineterapia Oncológica” de su Blog Un Rayo de Esperanza.  El Blog de una Radioncóloga  hoy quiero compartir una película que hace unos días ví en televisión.

La película es “La decisión de Anne” de 2009 (“My sister’s keeper” del director Nick Cassavetes). (Información en FilmAffinity). Esta película gira en torno de la vida de una adolescente de 14 años que a los 2 fue diagnosticada de Leucemia.

Como es previsible, una película que versa sobre la oncología pediátrica nos va a conmover y hacer soltar más de una lágrima, eso lo tiene asegurado.  Sobre este tema ha tenido algunas críticas negativas de la prensa especializada.  Igualmente resaltan la interpretación de la niña enferma, Kate (Sofia Vassilieva) y de su hermana Anne (Abigail Breslin), así como el de la actriz Cameron Díaz que realiza un gran trabajo en el papel de Sara, la madre.
  
Como espectador me ha parecido una película conmovedora.  Desde el punto de vista más profesional creo que el enfoque es muy acertado.  Toca diversos temas muy comprometidos como son:

-       los conflictos bioéticos sobre la decisión de unos padres en tener un “hijo medicamento” para salvar a su otra hija, alentados por el equipo médico.  Y las consecuencias tanto físicas como psicológicas que esto puede tener en ese niño medicamento.  En realidad de esto va el título de la película: Anne, la niña nacida para curar a su hermana, decide solicitar a los 11 años la emancipación médica de sus padres porque está harta que la utilicen con este fin.  En el desarrollo del film veremos que toda esta trama va mucho más allá.

-       la desestructuración familiar que toda esta situación provoca, así como la afectación de los “hermanos de niños con cáncer” y como su vida se ve también truncada por esta enfermedad.  Los que ya habéis leído alguna otra entrada sabéis que éste es un tema que me preocupa especialmente, la atención a los niños con personas queridas enfermas.  En la película se aborda este aspecto desde la relación que tienen sus dos hermanos con Kate, la niña enferma.

-       Pero realmente, como tema central y detrás de todos estos otros está el hasta dónde debe llegar la lucha y el esfuerzo contra cualquier tipo de enfermedad, dónde poner los límites para no llegar a un “encarnizamiento terapéutico”.  Y no sólo por parte de los profesionales, sino también por parte de la familia y, en los menos, por parte del enfermo.

Lo que los problemas de salud puede llegar a afectar mucho más allá de las consecuencias físicas del problema en sí. Realmente muy interesante y recomendable para  los profesionales que tratamos con niños y sus familias.

Podéis ver la reseña de nuestro blog amigo “Un Rayo de Esperanza” sobre la misma película aquí.

domingo, 12 de enero de 2014

Cuidando en cuerpo y alma: El reingreso

Esta entrada no va enfocada directamente a la atención infanto-juvenil, pero sí a los profesionales de la Salud.
Diferentes Blogs amigos están debatiendo estos días sobre la Esencia y Profesionalidad, especialmente de la Enfermería.  (Juan F. Hernández en “Del silencio a la palabra” ; La Comisión Gestora “Donde no hay sangre, no hay morcilla” ; Nuestra Enfermería “El tarro de las decencias”).

Tras 15 años de experiencia, no solo en las Trincheras, sino también en la Gestión y Docencia, puedo decir que estoy de acuerdo en la necesidad del análisis crítico y autocrítico en la profesión. Hay cierto pasotismo, falta de cohesión y, quizás, poca consciencia de la importancia y responsabilidad de nuestro trabajo.  Pero muchas otras veces también me encuentro con personas "cuidando en cuerpo y alma".

Hay mucho por hacer, por mejorar, por analizar y por superar.  Mi opinión al respecto intentaré expresarla en alguna entrada posterior, pero quería dejar aquí un “escrito” que me publicaron hace   unos años donde, sin pretenderlo inicialmente, dejé expuesto todo lo que un profesional, un buen profesional, que habemos muchos, puede además sentir y experimentar en el día a día de su trabajo. 


EL REINGRESO

Cuando mi compañera del turno de la mañana pronunció su nombre mi corazón se aceleró.  Ya me advertía de que lo conocía, como si supiera y entendiera lo que eso me iba a suponer.  Como en otras ocasiones en las que el paciente era conocido dijo su nombre y apellidos, intentando así que la imagen de su rostro apareciera en mi mente.  Y así fue.

Rápidamente recordé su cara y la de su esposa.  Recordé su sonrisa maliciosa tras esos cínicos chistes que solían enmascarar la preocupación que tenía la enfermedad terminal que padecía.  Recordé la multitud de ingresos que había tenido por las complicaciones del tratamiento: fiebre, mucositis, diarreas; incluso alguna vez ingresó únicamente para el tratamiento en sí.  
Un señor autónomo, lleno de vida y, sobretodo, queriendo llenar toda la vida que le quedase.  Como se suele decir “el roce hace el cariño”, así que ese debía ser uno de los motivos por los que sentía “algo especial” por ese paciente y su familia.  Sería su actitud colaboradora, o sus ganas de vivir que te contagiaban, o su humor negro que tanto se parecía al mío, o… no lo sé.  Lo que fuera había hecho que ese fuera uno de los pacientes “que te llegan” más que otros, algo que nos ocurre a todos los profesionales de la salud.  No es favoritismo ni nada de eso, sino que hay gente con la que conectas más que con otra.  Y este señor era uno de ellos.

Y claro que mi corazón latía rápidamente: éste no era un reingreso cualquiera.  Mientras escuchaba el parte de la compañera sólo podía relacionar aquellas palabras a un pronóstico infausto.  “Desorientado, caquéctico, astenia severa, incontinencia de esfínteres, disnea, dolor inespecífico…” se entrelazaban en mi cabeza.  Una a una quizás no decían nada en específico pero todas juntas unidas al ya de por sí grave diagnóstico que tenía no hacía presagiar nada bueno.  Tantas otras veces había ocurrido lo mismo: ser observador de primera de cómo esa enfermedad avanza de un día para otro de forma galopante en nuestros pacientes.

Todo el impacto de saber de su reingreso iba unido al miedo de ser su enfermero responsable. ¿El porqué? Seguramente miedo a no poder mantener esa muralla que nos creamos para que no se desaten esas emociones que todos llevamos dentro  y no queremos que nos desborden.  Esa idea de que la profesionalidad no va junto a una lágrima o muestra de afecto no la comparto.  El no querer que te afecten esas situaciones “más de la cuenta” es algo inconsciente a cada uno de nosotros.  Pero trabajando día a día con enfermos oncológicos eso es difícil.  Por lo que (y tampoco tenía otra opción) mantendría el tipo mientras pudiera, cuidando, como siempre, al cien por cien a este enfermo y su cuidadora.

Y seguí con mi rutina habitual.  Saludé al resto de compañeros, quizás de una forma más fría de lo normal.  En aquel “control de enfermería” éramos unas siete personas, pero yo tenía la sensación que estaba fuera de allí.  Oía las conversaciones, pero no las escuchaba.  Preparé la medicación de la tarde.  Ponía cada pastilla en su vaso, revisándolo minuciosamente, ya que sabía que mi mente estaba dispersa pensando en ese paciente y en cómo me lo encontraría.  “¿Qué le digo a su esposa?” y otras preguntas me retumbaban en mi cabeza.

Fui al pasillo donde estaban las habitaciones que tenía a mi cargo.  Era una tarde de septiembre, soleada, y esos rayos luminoso entraban por el ventanal alumbrando todas las paredes blancas.  Él estaba en la última habitación a la derecha, precisamente a la que debía dar más el Sol.  Curiosamente en esos momentos a mí me parecía la más gris y fría del pasillo, y eso que seguramente habría otros enfermos en la misma o peor situación que él en aquel pasillo.
Repartí la medicación.  Saludé a los pacientes ya conocidos y me presenté a los recién llegados.  Era algo que intentaba hacer siempre, pudiendo así evaluar el cambio de un día para otro de los enfermos y tener una rápida y amplia visión de los pacientes que no conocía.  Pero ni esta tarea consiguió distraerme lo suficiente como para quitarme de la cabeza el paciente de la habitación de al fondo a la derecha.

De forma casi excepcional estaba siendo un comienzo de turno tranquilo, sin las prisas habituales de las altas y los nuevos ingresos, por lo que el momento de entrar en aquella habitación había llegado.  Mi corazón volvió a acelerarse.  Piqué a la puerta, era algo que hacía siempre, supongo que porque me indignaba que en mi casa entraran en el lavabo sin antes picar.  Y entré.  Era una habitación individual, aunque el espacio podría ser para dos camas.  La habitación estaba iluminada, con la persiana levantada hasta arriba pero notaba frío en ella.  La cama quedaba a lo lejos, cerca de la ventana.  Su esposa estaba sentada en el sillón frente a su marido, dando la espalda a la puerta.  Tenía cogida su mano entre los barrotes de la barandilla sobre la cama.  Miré a la esposa, se giró hacia mí y me saludó cordialmente con la mirada, conteniendo las lágrimas en sus ojos hinchados y ojerosos, pero siempre manteniendo esa leve sonrisa.  En muchas ocasiones el humor de él era protegerla a ella  No quería que la lo viera flaquear, no quería que ella sufriera y por eso él iba a luchar todo lo posible, sin reconocer el miedo que a su vez aquella situación le daba.  Ella no tenía el mismo sentido del humor cínico que él, incluso alguna vez se escandalizó de las burradas que nos decía su marido.  Otras tantas veces reía sus chistes, para luego salir de la habitación con algún pretexto y desahogarse en medio de lágrimas con nosotros.  Sabía que esto iba a ocurrir, pero uno nunca está preparado para ello.  Toqué su brazo con mi  mano, intentado transmitir mi afecto y apoyo.

Di un paso hacia delante y llegué frente a él.  Me apoye en la barandilla de protección y lo miré.  Recordé su aspecto anterior: rapado pero siempre con su boina “estilo francés” como él decía.  Ahora había cambiado mucho: sin su boina se le veía su calva, había perdido peso que acentuaba las arrugas de su cara, se le marcaban las facciones de forma exagerada; su piel tenía un tono amarillento y se podía vislumbrar el pañal por debajo del camisón del hospital.  Lo llamé por su nombre.  Entonces abrió los ojos.  Me miró.  Seguía teniendo esos ojos negro oscuro que expresaban mucho más que su propia cara.  Sonrió.  Era su sonrisa maliciosa que otras veces había visto.  Mencionó mi nombre y me acercó su mano.  Eso era lo que más temía, lo que hacía que mi muralla fuera cayendo.  Pero no me importaba, ya había pasado otras veces.  Noté como mis ojos se humedecían, pero respiré hondo y apreté su mano, intentando dejar clara mi presencia sin decir nada.  

Mi corazón se tranquilizó.  Fueran o no sus últimos días, mi labor iba a ser que fueran lo más confortables posible, como tantas otras veces.  Su ironía seguía estando en aquella mirada, que a la vez nos daba las gracias por estar siempre ahí.

PUBLICADO EN:  Toro Pérez D. El reingreso. Index de Enfermería 2006; 54: 67